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El Otro habla del goce

Por María Hortensia Cárdenas

Recorrer los conceptos de los inicios de la enseñanza de Lacan, en este caso el concepto del Otro, sirve para agujerear los conceptos de la ultimísima enseñanza que pueden parecernos compactos, opacos, equívocos. El sujeto, el Otro, el inconsciente, el lenguaje, todos ellos son respuesta a lo real, y de alguna manera podemos decir que no son sin el Uno. Encontramos cambios en la enseñanza de Lacan, también hay cambios en la clínica, e intentamos alcanzar lo que ya ha ocurrido en la práctica que avanza por sí sola. Esto es lo que buscamos elaborar en este seminario.

La experiencia analítica se funda en el campo del lenguaje, es decir, procede del Otro. En la experiencia analítica el sujeto es hablado. Cada vez que el Otro habla es a través del sujeto y del analista en la transferencia. Un análisis es un cierto recorrido por el Otro para al final dejar caer el Otro. El Otro –que es siempre imaginado y supuesto– es una ficción y hablamos de ella como si existiera.

La experiencia analítica nos muestra cómo inevitablemente el Otro está articulado no solo al sujeto sino igualmente al objeto a y al fantasma, como la significación que se le da al goce, y también al goce del síntoma. El síntoma y el fantasma definen el modo de gozar de cada uno enlazado al Otro. En el camino del análisis surge la pregunta por el ser y sus declinaciones, como por ejemplo: soy el objeto del deseo del Otro, o qué soy en el fantasma del Otro, o qué clase de objeto soy. Pero hay que hacer una precisión: el deseo del analista es el que introduce la pregunta del Otro y en tanto tal construye el inconsciente y el fantasma, que podemos entenderlo (al fantasma) como una ventana a lo real. Es por el deseo del analista que el análisis es la experiencia de la construcción de una ficción para al final deshacer esa ficción.

La noción de sentido funda al Otro, a partir del sentido el Otro se distancia de lo real. El sentido es lo que permite creer que el Otro es primero. El discurso hysterizado demuestra la incidencia del discurso del Otro sobre el sujeto, la articulación al Otro, al Otro transferencial, un discurso armado para el Otro. El Otro tiene lugar solo a partir del discurso, el discurso es su condición para ser. Ubiquemos primero al Otro del lenguaje que es completo, no afectado por la inconsistencia. Es el Otro de la estructura del lenguaje donde nada falta en el Otro, donde el Otro es todo. Muy diferente de lalengua que es lo más singular e íntimo de la lengua de cada uno. Introduzco aquí un paréntesis para preguntarnos junto con Miller: "¿qué es una interpretación de orden analítico si el correlato de la interpretación no es el lenguaje sino lalengua?"[1]

El Otro se encuentra en la experiencia analítica por medio de la palabra. El lenguaje está en el lugar del Otro, el lenguaje nunca está del lado del sujeto, está con el Otro. Cuando la cadena articulada de palabras puede señalar los significantes primordiales, el significante amo es el significante del Otro por medio del cual el sujeto se representa, el sujeto no puede más que acomodarse al significante del Otro para hacerse representar. Así, el sujeto no es sin el Otro, la lengua con la que se expresa es la del Otro, es el Otro del lenguaje, el Otro de la ley y el deseo, el Otro del inconsciente. El sujeto depende tan enteramente del Otro. ¿Quién habla cuando se habla desde el inconsciente? Todo pareciera indicar que es el sujeto. Pero no, el sujeto es la vía de retorno de la palabra del Otro. Entonces, si la palabra siempre envuelve al Otro, podemos decir aquí que el partenaire del sujeto siempre es el Otro.

El trayecto de un análisis va del Otro al objeto a. Lacan se sirve del Otro para articular ahí el objeto a. En el Seminario La transferencia encontramos este viraje. Lo demuestra con Sócrates donde el Otro del significante contiene algo distinto, agalmático. Este Otro donde se desliza la cadena significante contiene en sí mismo algo que produce amor y que Lacan llamó objeto a. El objeto se introduce en la medida en que el sujeto está privado de él que, como tal, el Otro del significante es éxtimo al sujeto, así como el objeto a es éxtimo al sujeto. Esto es lo que el sujeto sacrifica y cede de sí mismo y también del Otro. Lacan lo dice en el Seminario 11 cuando desde el amor de transferencia, el analizante dice al analista: "Te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo".[2] Esta es una paradoja: el Otro contiene otra cosa que produce amor, es decir, el objeto a. Cuando Lacan evoca a Sócrates en "El banquete" es para demostrar que en lo medular del Otro hay algo que le es éxtimo y ahí se encuentra el objeto.

En el Otro está la causa del deseo, el objeto a. "No hay relación con el Otro, sino siempre y solamente relación con el objeto".[3] Miller precisa que el objeto no es más que el medio para la vía de retorno de la pulsión sobre sí misma y, por lo tanto, es un lugar de vacío susceptible de ser ocupado por diferentes objetos.[4] No olvidemos que el objeto a es el núcleo elaborable del goce. Lo que se puede elaborar del goce fálico y del goce del Otro que el sujeto supone, pasa por el objeto a. Así, el objeto como conjunto vacío está marcado por los significantes que se identificaron a él y se repite. Esto hace que el Otro no sea Uno. Afinemos más: el campo del Otro es el del significante y por lo tanto el del desierto de goce. Por eso el Otro no existe porque no goza. La existencia se define a partir del goce. El Otro como significante no goza porque no es un cuerpo.

Si no es el sujeto entonces son los objetos de la pulsión los que hablan como la enunciación inconsciente. El inconsciente está hecho de la relación con nuestro cuerpo. La pulsión es palabra. Más adelante Lacan hará una nueva lectura de la pulsión en su última enseñanza: es un decir que tiene un eco en el cuerpo. Aquí ya no se trata de una resonancia semántica, de sentido, sino de una resonancia corpórea que conmueve el cuerpo pero que no quiere decir nada. Si el síntoma viene de lo real y prosigue por lo simbólico buscando sentido, es una apuesta para la interpretación el desabonar al sujeto de su pasión del significante y hacer sonar el cuerpo. Lo que resuena en el cuerpo es la producción del síntoma desde lo real y que es ineliminable. Lacan en "Televisión" dice que el inconsciente testimonia de un real que le es propio, pero que es un real que se impone en la experiencia analítica. Son los dichos del analizante los que nos llevan a un real inherente al análisis. Es la repetición de un excedente de goce, inaccesible al lenguaje, de un goce ininteligible. La cuestión que surge aquí es cómo el sujeto puede cernir ese real por una vía que no es el sentido y hacerse responsable de su goce singular.

Si el mensaje en la comunicación se da de manera invertida, podemos decir que el mensaje viene del Otro, el Otro es el hablante. El sujeto es hablado. Es más, el deseo viene del Otro; el deseo, en tanto metonimia del mensaje, implica que el mensaje viene del Otro. Es por eso que no nos planteamos que el analizante habla, sino que escuchamos que es el Otro el que habla. Le habla al analista, pero precisemos: no es que el Otro hable a un otro semejante, ya que no hay Otro del Otro ni es el Otro del Uno. Lacan define la experiencia analítica como un soliloquio. La pregunta que hay que hacerse ahora es de qué habla el Otro. La última enseñanza de Lacan muestra que el Otro habla del goce, pero no solamente porque el objeto a está en el Otro. Lacan postula finalmente que el Otro es el cuerpo, y es el cuerpo que se goza, no se trata más del goce articulado a la ley del deseo sino que corresponde al traumatismo contingente que se fija en el cuerpo. Pero recordemos que el S1 del inconsciente real, ese que es goce autoerótico, es el que hizo resonar algo en el cuerpo y después el sujeto –no sin el Otro– le dio un sentido. Volvamos a decirlo: el Uno completo no tiene Otro pero el Otro no es sin el Uno. El lugar del Otro ‒dice Miller‒ "es un lugar hecho a partir del eclipse del Uno original".[5] De este modo, el Uno con mayúscula es el soporte de cada significante, es causa y materia de las ficciones que se crean no sin esa marca de goce en el cuerpo. El goce primero perdido es reducido a la captura del sujeto en el lenguaje. Se produce un menos de goce del Uno que perturba el goce y a partir del cual el Otro puede tomar su lugar. Este menos que afecta el goce del Uno lleva a apelar a otra cosa: al Otro y al juego significante.

El Otro habla de goce, la relación de la palabra con el goce está presente a lo largo de toda la enseñanza de Lacan. Lo podemos rastrear desde el narcisismo y el Estadio del espejo, en el momento en que el júbilo del niño, al verse reflejado, aparece como el goce del Otro. El sujeto goza de sí mismo como Otro en el espejo. Luego con el fantasma, que es la relación del sujeto con el goce bajo las modalidades del objeto a. Pero también el Otro muestra el sentido fugado, que en última instancia es el goce que el Otro no atrapa. Al final de su enseñanza Lacan arriba a lo real que impone su fuerza y sus límites. Lo vemos a partir del Seminario Aun donde asistimos a una situación contraria a inscribir el goce a partir del Otro, como lo había hecho Lacan en sus seminarios anteriores. Lo que plantea ahí es que primero está el goce del Uno, entonces, nos podemos preguntar ¿de dónde viene el Otro? La respuesta de Lacan es que el Otro está hecho de goce.[6]

De la lectura del Seminario 20 podemos extraer que Lacan establece que el verdadero partenaire del sujeto en cuanto al goce no es el Otro sino el objeto a, que es el que sustituye al Otro cuando el objeto toma la forma de la causa del deseo. Es decir que el verdadero partenaire del sujeto está hecho de su propia pérdida de goce, de su objeto perdido. La sexualidad femenina cobra un interés mayor en este punto. Del lado macho, el hombre piensa que aborda a la mujer; pero no es así ya que solo aborda la causa de su propio deseo desde el objeto a, como se puede apreciar en los fantasmas masculinos. Del lado mujer, ella es no-toda porque su goce es dual: hay la relación con el falo pero también con el goce femenino, el del goce como tal. La mujer tiene una relación con el Otro en el goce, el Otro está en el goce mismo, es así como podemos entender la proposición de Lacan: "el goce femenino es radicalmente Otro".[7] En "La tercera" Lacan precisa: "El síntoma es irrupción de esa anomalía en que consiste el goce fálico, en la medida en que en él se expande y se despliega esa falta fundamental que califico como no-relación sexual".[8]

Entonces, al final cae el Otro. Como dice Miller, Lacan se esforzó por destituir "el psicoanálisis basado en el Otro". Se puede decir que el Otro es la familia de cada uno. Es de la familia que hablan los analizantes. Cada uno es hablado por el Otro, por la familia y de eso se traza un destino. Aunque las ficciones siempre serán una verdad mentirosa, las ficciones familiares intentan encauzar el goce perturbado, la intrusión del goce en el cuerpo. La neurosis es el resultado del hundimiento del Uno en el Otro, particularmente en el centro de las relaciones familiares. Se necesita de la operación del pasaje por el Otro para que el síntoma se ponga a hablar.

Lacan confesó al final que se cansó del psicoanálisis basado en el Otro, "se cansó un poco de estas historias de familia que le cuenta la gente", buscó escuchar otra cosa distinta al discurso del Otro, buscó enfocarse en el sinthome y el Uno.[9] Entonces, se propuso desplazar al psicoanálisis al registro del Uno, a un más allá del sentido, más allá del Otro. Es decir, repensar la práctica al revés del Otro. En el Seminario "L'une-béveu…" Lacan propone no conformarse con ser hablado por la familia, con decir lo que los otros quisieron, sino apostar por acceder a lo más singular de uno, a lo que él define como la identidad sinthomal.[10] Es solo así que el recorrido analítico permitiría liberarse de las escorias heredadas del discurso del Otro.

Finalmente, hay el autoerotismo del cuerpo pero también los discursos que organizan el vínculo con el Otro. Son dos dimensiones heterogéneas, el cuerpo autoerótico y el Otro, que se encuentran y se articulan por los afectos que tocan el cuerpo y hacen lazo con el Otro. En Aun Lacan dice que lo único que hay es el lazo social,[11] no hay relación sexual pero hay el lazo con el Otro. El inconsciente es del orden del vínculo social, justamente porque no hay relación sexual, pero no es sin el cuerpo que se goza.

NOTAS

  1. Miller, J.-A., El lenguaje aparato de goce, Diva, Buenos Aires, 2000, p. 92.
  2. Lacan, J., El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 276.
  3. Miller, J.-A., La fuga del sentido, p. 181.
  4. Miller, J.-A., Curso de la Orientación Lacaniana, "El ser y el Uno", clase del 25 de mayo de 2011, inédito.
  5. Ibíd., clase del 16 de marzo de 2011.
  6. Miller, J.-A., La fuga del sentido, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 211.
  7. Ibíd., p. 221. También: Cf. Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun, Paidós, Buenos Aires, 1985, Cap. "Un carta de almor".
  8. Lacan, J., "La tercera", Revista Lacaniana N° 18, Grama/EOL, Buenos Aires, 2015, p. 29.
  9. Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan, Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 139.
  10. Ibíd., p. 140.
  11. Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun, op. cit., p. 68.