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¿Cómo opera el dispositivo de la transferencia en las psicosis ordinarias?

Al hombre moderno se le ha expropiado "su experiencia", lo que configura un modo de vida que implica una serie de sucesos, una acumulación de hechos inconexos e incomunicados. Es decir, hay un caos de acontecimientos que rebasan al hombre actual pero ninguno de ellos es convertido en experiencia, y esto es lo que vuelve insoportable la existencia cotidiana. La experiencia tiene su correlato en la palabra y el relato. Al respecto, Miller nos orienta cuando señala que hablar es un trastorno del lenguaje en las psicosis ordinarias y desde allí puede entenderse que hablar es un modo de horadar lalengua, de tal manera, que la relación con el lenguaje no nos sea tan "normal". Hoy, hay una nueva clínica, la de las bellas formas que habitan en constelaciones clínicas mucho más borrosas. Ante este acontecimiento de la clínica, hay que destacar que el abordaje implica atender la emergencia de fenómenos discontinuos, ligados a la puesta a prueba de los encuentros que pueda hacer un parlêtre. Esta afirmación se verifica en el material clínico de J. F. Velásquez, quien precisa estos momentos: "Cualquier pequeño detalle provoca un conflicto, al que le da varias vueltas (…) se mortifica y rumia con ello (…). Se queja de su incapacidad de atender experiencias cambiantes, (…) me llama y reporta cualquier cosa que le sucede".

Por otra parte, el lugar del analista queda desplazado, igual que el "contrapunto orquestal", que consiste en una puesta en relación de dos sonoridades independientes, desde donde hace resonar en forma atenuada los efectos de la no extracción de goce o del desanudamiento del sentido, de la frase o del cuerpo. Para ello será precisamente la transferencia como lo vivo del psicoanálisis, la vía lógica para tratar el goce y hacer viable un paso más en el trabajo analítico, en tanto lleve a un sujeto a arriesgarse a la disarmonía, al desacuerdo. Desde esta perspectiva, el caso de Claudio Morgado ilustra el trabajo de la clínica bajo transferencia, pues logra una delimitación y la separación de la vertiente ofensiva de las voces de su familia, mostrando cómo el analista por un lado no demanda nada, pero a la vez, se sitúa interesado por la singularidad de la experiencia vivida del paciente y permanece atento a editar algo nuevo del texto del sujeto.

Bajo esta perspectiva, corresponde al analista saber cuidar y guardar en el lazo transferencial una parte viva, se trata, de que puede animarse en la transferencia el interés por lo palpitante, lo vivo, es decir que la palabra debe ser sostenida allí donde desfallece para que se articulen entre ellas. Como muestra el caso de J.F. Velásquez: ocupar el lugar del Otro de la transferencia exige inventar una posición de "situar el gesto, la voz, la mirada, en tonos, de modo que hicieran señal que el analista era un receptor adecuado". Optó por permitir que la paciente se exprese allí, donde se ubica el goce melancólico absoluto y logra un lazo creado por la transferencia, sostenido en la "ficción de que el particular modo de gozar de la paciente es compartida con el analista.

Estos ejemplos enseñan, una modalidad inventada en cada caso para sostener y hacer posible una transferencia, donde se establecen conversaciones, puntuaciones y actos cuya dirección asegura el analista.