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Resistir a la peste del olvido
María Cristina Giraldo

En nuestra orientación, una consecuencia de mantener abierto el agujero no hay el analista implica que el analista siempre es supuesto y que por tanto la posición analítica no puede sino estar, cada vez, en potencia de pruebas. El aislamiento físico por la pandemia hace parte del agujero en lo simbólico que ese real que es el COVID 19 nos impone, y agujerea la práctica analítica al impedir el encuentro de los cuerpos del analista y del analizante en el dispositivo analítico. No obstante, nos vemos abocados a que la presencia física del cuerpo levante campamento y a que el cuerpo como imagen, por más consistencia imaginaria que pueda tener, no sea suficiente como caja de resonancia para el goce. Lo que no puede levantar campamento es el discurso analítico, los principios éticos y la política que, como nos dijo Lacan en La dirección de la cura…, atañen al deseo del analista y constituyen el campo de las elecciones forzadas en las que no tenemos libertad. Es elegir entre psicoanálisis o psicoterapia y no embrollarse en el falso problema que lleva a algunos a clasificar como psicoanálisis aplicado la práctica en la contingencia y psicoanálisis puro a la del consultorio. Sería suponer que la presencia física de por sí es garantía del acto analítico y que los cuerpos que se encuentran en el consultorio no tuvieran que quedar "fuera de juego" -como señala Lacan en El Seminario 19- "…una vez entremos en el discurso analítico".[1]

A no ser que tres meses de cuarentena hayan producido, como la peste del insomnio en Macondo, una evolución hacia el olvido de la posición del analista, de la orientación y del discurso que Lacan con Freud y Miller con Lacan construyeron durante todos estos años. Nuestro próximo Congreso se realizará, aunque no sepamos cuándo, y habrá que elegir entre resistir a la costumbre del insomnio y el deseo del analista que nos lleva a trabajar sobre el sueño en la cura lacaniana.

Bordear ese agujero supone la invención de parte del analista sobre los modos de la presencia que pueden o no dar soporte a que la operación analítica sea posible, lo cual implica consentir a luchar contra el no querer saber, para poder reconocer sus límites y sus impases. La virtualidad puede abordarse como una puesta en escena, que en nuestro caso constituye una paradoja: poner en el escenario lo que no hay, las tres inexistencias lógicas que nos orientan: el analista, la relación sexual y el Otro. Y lo que si hay: la orientación, los principios y el acto.

La única consistencia del cuerpo que un analista tiene se la da su sinthome, construido en su experiencia de análisis. Es lo que le permite un anudamiento que mantenga abierto el agujero y la invención que lo bordea en su práctica y en la experiencia de Escuela, con la singularidad de su uso lógico, que es el estilo de sus formas de arreglo con lo real. Es en esa perspectiva que puede escribirse un nuevo lazo en la Escuela, no en la virtualidad, sino en la apuesta por el análisis, por el control de la práctica y por la causa analítica, con eso mismo que es atacado por la peste del olvido.

NOTAS

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 19, …o peor,(1971-1972), Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 224.