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Abrir el kakon
Felipe Maino - NEL-Santiago

1) La coyuntura

Ubicar al coronavirus (SARS-COV-2) en el lugar del kakon no me parece excesivo: causa de mal, rechazado, fragilizante. Fragilidad y amenaza que habita en cada uno pero que, así ocurre, tendemos a acusar en el otro. Esto puede definir un bunker. Hay mucho de eso en el momento presente de la civilización, redoblado por la pandemia. Decir que el coronavirus va al lugar del kakon es especificar una espacialidad. ¿Cuál? El círculo, más bien el olvido del objeto incómodo (familiar y siniestro) que se esconde en el interior del círculo. También especifica ese espacio circular llamado conjunto cerrado que olvida sus paradojas, paradojas correspondientes a lo que Hegel llamó “enfermedad fecunda” y donde Lacan emplazó la hiancia. Bunker: hay ahí una definición posible de lo colectivo: la colección selecta, el grupo. Abrir el kakon, en primer término, será hacer fecunda la hiancia, que por donde el fruto se abre (dehiscencia) no haya apuro por taponar y por apuntar la falta, el mal, afuera. Querer esa abertura, consentirla para intercambiar esos restos fecundos llamados semillas. Esto es requisito, me parece, para la torsión deseada por Bassols, a saber, que el distanciamiento social sea acercamiento subjetivo.

2) La política.

Es que la “ética de las intenciones”, planteo de Miller en Política Lacaniana, es esconder el objeto tras la imagen y la “ética de las consecuencias” es librar ese objeto a una experiencia que lo tenga de vector de deseo, lo que incomoda al grupo cerrado, pero entusiasma a cierto colectivo concebido de otro modo. Estas conversaciones permanentes provocadas por el Comité Ejecutivo en estos tiempos insólitos me han parecido un punto notable de vida para la Escuela; esfuerzo de apertura. La conversación en torno al abismo de una pregunta ya no especifica un bunker, sino una montaña, el vértigo gravitacional nos jala y avanzamos concernidos en ese vértigo, en ese torbellino y su agujero como situaba Ram Mandil, recientemente, para pensar los rodeos del cartel, con otros, en torno al enigma. Este colectivo ya no es el grupo cerrado, es la comunidad abierta a los avatares de la diacronía, lo que está implicado en la lógica colectiva de Lacan. Ya no hay mal, sino arrojo y apuesta.

3) La orientación.

Que el síntoma instituya el orden en que se revela nuestra política es, con todo, aún más que querer la abertura, es querer el síntoma. A ese acontecimiento real que horada la consistencia -odiado en el otro y en uno mismo cuando es kakon-, a ese acontecimiento, quererlo. Que un punto mortal sea un punto vivo y abierto a la vida se lo enseñaron los psiquiatras ingleses a Lacan, lo que le permitió constatar que hay “fuerza viva” en el impasse, constatación que leyó como la apertura de un orden nuevo sobre el mundo que nos proyecta, indica, a la vida pública. Y si Lacan avanza desde esa apertura hacia la ética de la singularidad, tomando a los hombres por su estilo, es porque quiere el síntoma. Una tercera forma de colectivo surge allí, la clase abierta de singularidades que Tarrab evocó la última vez como la serie de trozos de real cernidos en el pase. ¿Qué es lo más vivo para mí en este momento? Aguardar, sin esperanza, las consecuencias de este tránsito radical que ha sido la experiencia pandémica; oportunidad de experimentar las transformaciones posibles del paisaje colectivo que el discurso analítico nos permite formalizar.