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De los impasses a una experiencia viva
Susana Dicker - AME

La única dignidad del psicoanálisis es estar en crisis desde siempre. El psicoanálisis es un discurso de crisis y no de conformismo, de comodidad, de tranquilidad.
(É. Laurent, 2008, entrevistado para Folha de Sao Paulo)

La Escuela que concibió Lacan, desde sus inicios, fue pensada haciendo un lugar a esto que leemos en Laurent, donde las crisis dieran paso a las invenciones, donde los impasses fueran una oportunidad para hacer avanzar la Escuela y hacerlo como una experiencia viva.

Y la concibió así, incluso, en ese contrapunto que Miller destaca tan bien en El banquete de los analistas, cuando recuerda lo que está en juego en el Acto de Fundación de 1964 y tres años después en La Proposición del 9 de octubre del ’67, sobre el analista de la Escuela. El primero, fundante, instituye la Escuela como un organismo pensado para un trabajo. En ese sentido, fue un llamado a los trabajadores decididos y, por lo mismo, todos iguales ante el trabajo. En cambio, en La Proposición…, en aquella donde se intentó pensar y darle a la Escuela su psicoanalista, se introduce una desigualdad en la cualidad de miembro que había sido establecida como única cualidad en el ’64. Tal como lo señala Miller: en el corazón de esta Escuela, estos dos tiempos introducen una contradicción, más precisamente una tensión que- he aquí lo importante- Lacan ambicionó. Un primer tiempo que instala un espacio de igualdad: todos miembros en su calidad de trabajadores decididos; un segundo tiempo en que se constituye la desigualdad con tres marcas que señalan tres posiciones, tres relaciones diferenciales con el psicoanálisis: AE, AME y AP.[1]

No obstante que esto se presente como una contradicción, hay una posibilidad de pensar cierta coherencia en la maniobra de Lacan: “en el intento de darle a la Escuela su psicoanalista, se buscó definir al psicoanalista (…) que conviene a una Escuela de trabajadores para el psicoanálisis”[2]

Esto que encontramos en el origen ya da cuenta de una Escuela que hace un espacio a la tensión y a la diferencia como motor de un trabajo por venir. De allí que me interesa como punto de partida para pensar los efectos e impasses que leo como parte de su estructura y, en tanto tales, ineliminables, pero sí posibles de darles el estatuto de síntomas en una Escuela- y así también en una sede- que forma analistas y que, como tales, tienen acceso a su análisis y al control, en su condición de analizantes. Un camino privilegiado para arreglárselas con ellos.

Pero se trata también de un origen articulado a la tesis de la transferencia de trabajo en el fundamento del concepto de Escuela. ¿Y qué es esa transferencia de trabajo sino la transmisión de un deseo? Que sea un deseo de saber la implica como motor que se dirige al no saber. Tenemos presente que el no saber fundamental que está en el centro de la experiencia de Escuela es el que se refiere a no saber qué es el analista, el mismo que instala un agujero que la hace inconsistir y que nombramos como S(A/) y que podemos traducir en términos del trabajo al que invita: porque el Otro no sabe hay motivos para construir…[3] para dar lugar al trabajo con otros en lo que hemos consentido en pensar en términos de transmisión. ¿No es ésta otra salida a los impasses como puntos de detención en la vida de una Escuela?

No pocas veces hemos escuchado la referencia al AME como ese murciélago peculiar con alas analíticas y patas sociales. En la sesión anterior, nuestras colegas nos mostraron cómo, cuidando los principios analíticos y más allá de su aporte al interior de la Escuela, se podía dar un lugar al psicoanálisis en la comunidad, en la universidad. Hoy nos toca a nosotros pensar al AME y la responsabilidad que encarna al interior de la Escuela y de la sede en la que inscribe su trabajo, donde no puede no encontrarse con esos impasses. Y este es un sesgo- no el único- que Miller abordó a partir de un interrogante: “¿Cómo veo el problema político del psicoanálisis?”[4]. No puede responderlo sin incluir a la comunidad analítica, pensándola a partir de la Escuela. Tampoco es sencillo de responder porque implica ubicar en su interior una escisión (piensen en otra más): la política es, por un lado, el deseo del analista pero, por otro, es también un “antideseo” del analista. Aquí es donde cree que se ubican muchos trastornos de las comunidades analíticas[5]. La cuestión parte de cómo recuperar una posición analizante para el analista, cuando no es ésa la que le conviene en el discurso analítico, pues allí su operación encarna otra cosa. Pero fuera del ejercicio analítico, debe hablar, buscar, mostrar sus fallas. Y para ello se necesita una fuerza muy potente: la Escuela. Ella debe ser el instrumento para animar al analista a retomar una posición analizante con respecto al saber. Para eso apuesta a la Escuela, pero no la de la infatuación sino la Escuela de la insatisfacción… porque eso hace trabajar a los supuestos maestros para que produzcan saber.

Ese analista en posición analizante es el sujeto mismo de la Escuela, el que hace obstáculo a la corporación de profesionales pero también a la endogamia grupal, siempre presente. Es el sujeto de la serie de soledades grupales inscritas en una transferencia de trabajo, pero también es aquel al que Lacan apostó cuando pensó que lo único que era posible transmitir en una Escuela era un estilo, que no habría transmisión posible que no fuera la de un estilo. Esto nos pone muy cerca del pase y del AE, pero ¿es posible pensarlo también en la función del AME y la responsabilidad que conlleva, en tanto encarna al analista que la Escuela reconoce que surge de la formación que ella dispensa?

Esa diferenciación entre el AP, el AME y el AE, que instaló ese segundo momento con la Proposición del ’67, comporta también el rasgo que aleja a la Escuela de una sociedad de profesionales. Y no es sólo desde las diferencias de posiciones sino, en particular, en el pasaje del analista de hecho al de derecho.

Si “el analista se autoriza de sí mismo”, y en la medida en que esto es un performativo, la respuesta que recibe desde las instancias de la Escuela es: “lo has dicho” y lo inscribe como miembro. Pero esto implica que no hay garantías, salvo una promesa de trabajo en la Escuela. Distinto a la autorización o reconocimiento por otros, ésa es la garantía y con ella el gradus. Aquí es otro el sujeto de la enunciación, es la institución analítica en su función de reconocer, en el caso del AME, su formación y, con ello, legitimarlo como analista de derecho.

Los gradus, la garantía, ese diferencial que instala Lacan, son parte de su programa acerca de una Escuela incómoda, en tensión, no homogénea, incluso ingobernable, a la que no le interesa gobernar ni que sea gobernada, sino que aprenda a hacer con sus impases, con la tensión que, en el mejor de los casos, induce a una transferencia de trabajo[6]. Una Escuela que confíe en la autoridad analítica y que, desde allí y desde sus dispositivos, aliente a la autorización y al compromiso de sus miembros, que puedan llevar los impasses a una conversación permanente. Pues si hay algo que hace obstáculo a la marcha de una Escuela, es la falta de deseo, la inercia, pero fundamentalmente las complicidades que se sostienen en lo más alejado de la ética del psicoanálisis y de los principios analíticos.

En el tiempo que llevo designada como AME- y tal como lo escuché en otros colegas que tienen ese lugar en la Escuela- se trata de una posición de compromiso que se inició desde el momento de pedir la entrada en ella como miembro. El reconocerme AME hizo más patente la responsabilidad de la que me hacía cargo y con ella un celo particular por el cuidado de los principios analíticos en los espacios donde me inscribo… celo que, en su exceso, puede volverse tropiezo desde mi condición de parlêtre pero que, en tanto analizante, me llama a buscar cómo arreglármelas.

NOTAS

  1. Miller, J.-A.: El banquete de los analistas, Paidós, 2011, Argentina, pgs 218 y 219
  2. Miller, J.-A.: Op Cit p 216
  3. Miller, J.- A.:Op Cit, p 177
  4. Miller, J.- A.: Conferencias en Caracas y Bogotá, Paidós, Argentina, 2015, p 452
  5. Miller, J.- A.: Op Cit, p 434
  6. Miller, J.-A.: El banquete de los analistas, Paidós 2011, Argentina, p 228