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CONVERSACIONES
(Des)encuentro de los cuerpos
Joaquín Carrasco - Asociado a la NEL-Santiago

La pregunta que hoy nos convoca para la conversación ha estado presente entre nosotros desde que la pandemia ha impedido el trabajo en las consultas e instituciones. Desde entonces me he interrogado sobre lo que cambia una vez que no está presente el cuerpo en su materialidad. En tanto analizante, me percato de que algo se pierde una vez que acudo a mi analista sin el desplazamiento, sin la experiencia de la sala de espera, y sobretodo sin la presencia -e intervenciones- en carne y hueso. Muchas veces la interpretación opera en relación a lo que ocurre en la consulta del analista, en sus alrededores o en los recorridos necesarios para el encuentro. Hasta ahora, ese algo que se pierde se ha mantenido como una especie de impresión. Preparar este breve texto implicó dar un paso y arriesgar una primera elaboración, motivo por el cual agradezco la invitación al Comité Ejecutivo.

Un par de viñetas. Para M., una mujer de 31 años, la cuarentena junto a su pareja ha implicado un alivio ante la angustia que le provoca el separarse del cuerpo de su partenaire. "Adherirse" a un otro hace serie y se pone en juego en la transferencia. Una vez producido el corte de sesión, intenta alargar las sesiones con preguntas o comentarios. O bien se queda un tiempo en la sala de espera antes de salir. Bastó acompañarla un par de veces hasta la salida para que se percatara que algo de lo que le suele ocurrir con su partenaire también le pasa al terminar la sesión. Al continuar por vía telefónica, me pregunto ¿qué efectos tendrá para este parlêtre no disponer de la materialidad de la consulta, donde se pone en juego el "adherirse"? Hasta ahora, he notado que aparece una mayor demanda de sentido y una búsqueda de mayor control sobre la frecuencia de las sesiones.

R., un hombre de 55 años, consulta en medio de una crisis debido al terror que despertó el encuentro con militares, tras el estallido social ocurrido en octubre de 2019 en Chile. La estabilización requirió de una posición firme por parte del practicante, poniendo freno al empuje de decirlo todo sobre la violencia observada, experimentada y fantaseada. Llegada la pandemia, llega a decir que sus temores lo han llevado a vivir desde hace una década en una especie de cuarentena. Solicita continuar las sesiones por medio de videollamadas. Suele hacer referencia a lo que encuentra en la pantalla, por ejemplo señala cada vez que la imagen se pega o se oscurece. Me pregunto si contar con la imagen en la pantalla se constituye como un recurso para mantener una relativa estabilidad.

La pregunta de esta conversación me lleva a pensar que la presencia del analista varía entre un analizante y otro, como también entre los distintos momentos que se atraviesan en una experiencia analítica. Pienso que el encuentro entre los cuerpos pone en juego el modo singular y sintomático en que un analizante se relaciona con su partenaire, pero además posibilita la dimensión del desencuentro, contingencia fecunda si se cuenta con la transferencia como soporte. En este punto, me parece que no disponer de ese des-encuentro reduce el campo de intervención del analista. Además, he podido constatar que la dimensión de la demanda aparece o reaparece con más fuerza. En las viñetas mencionadas, demanda de sentido y demanda de imagen. Se vuelve clave entonces el manejo de la transferencia para reintroducir el desencuentro allí donde parece instalarse una especie de armonía que dificulta el trabajo analítico. Termino con una pregunta que propongo para la conversación. Considerando el cuerpo como sede de satisfacciones, ¿sería concebible una transformación de la relación con el goce sin el encuentro de los cuerpos?